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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Prometeo


Cielo y tierra ya habían sido creados. El mar se mecía entre sus orillas y en él jugueteaban los peces, por los aires trinaban los pájaros y sobre la faz de la tierra pululaban los animales; pero aún faltaba el ser, cuyo cuerpo fuese capaz de albergar el espíritu, lo cual le permitiría dominar el mundo terrenal. En ese instante de la creación llegó Prometeo, pleno de sabiduría e ingenio, descendiente de las viejas generaciones de dioses que Zeus había destronado. 

Hijo de Japeto, el hijo terrenal de Urano, Prometeo sabía que en la arcilla de la tierra dormitaba la semilla celestial, por ello tomó tierra, la mojó con agua del río, la amasó, y con la masa preparada conformó una figura a semejanza de los dioses, amos del mundo. 
Para dar vida a esta figura de arcilla con forma divina tomó las buenas y las malas cualidades de todos los animales y las encerró en su pecho. Luego pidió a su amiga celestial, Atenea, diosa de la sabiduría, quien había quedado muy impresionada observándolo, le proporcionase a la criatura el sagrado aliento de la vida.

Así fueron creados los primeros hombres que rápidamente se reprodujeron poblando la tierra. 

Sin embargo al principio, estas criaturas no sabían emplear sus nobles dones ni la chispa divina recibida: pudiendo ver estaban ciegos, pudiendo oír no escuchaban, deambulaban por doquier sin saber como aprovechar los frutos de la creación.

Les era desconocido el arte de desenterrar las piedras y construir herramientas, hacer ladrillos de adobe, fabricar tirantes con madera talada de los bosques, y construir viviendas.

Bajo la tierra, guarecidos en oscuras cuevas, estos hombres pululaban como hormigas nerviosas, sin poder reconocer con certeza, ni la florida primavera, ni el fructífero verano. Todos sus emprendimientos eran absolutamente anárquicos y en general condenados al fracaso.

Al ver su torpeza, Prometeo se apiadó y se hizo cargo de sus creaciones: les enseñó a observar la salida y puesta del sol y las estrellas, el arte de contar, la escritura de las letras. Les mostró cómo a sujetar los animales al yugo y utilizarlos aprovechando su trabajo. Acostumbró a los caballos a las riendas y al carruaje, inventó los navíos y las velas para la navegación, y respecto a viejas dolencias que aquejaban sin piedad a los hombres, se encargó de enseñarles sobre óleos curativos y el arte de la combinación de distintas sustancias naturales para tratar enfermedades o aliviar sus heridas, evitando de esta manera que muchos de ellos muriesen miserablemente. Además les enseñó el arte de la predicción, el significado de los sueños y el del vuelo de los pájaros, así como también los instruyó en cuanto a la realización de sacrificios en honor a los dioses. Por otra parte, dirigiendo su mirada hacia los confines subterráneos, los introdujo en el secreto de la obtención y utilización de minerales como el oro, la plata, el cobre, el hierro y muchos más. En resumen, inició a sus hombres en todas las artes y comodidades de la vida.


En el cielo, desde hacía mucho tiempo, reinaba Zeus y sus hijos. Éste había derrocado a Cronos, su padre, junto con toda la antigua dinastía celestial de la cual también descendía Prometeo.

Cuando la nueva generación de dioses se percató de la presencia de la población humana recientemente creada, exigieron a los hombres la debida reverencia a cambio de la protección divina que estaban dispuestos a darles en abundancia.
Se determinó una fecha para realizar una reunión en Mekone (Tesalia), donde conviven mortales e inmortales, a efectos de establecer deberes y derechos de los humanos. A esta reunión se presentó Prometeo abogando en defensa de sus hombres para evitar que los dioses se cobrasen en exceso los derechos de protección prometidos.
Fue entonces, cuando seducido por su propia inteligencia se vio tentado a engañarlos. En nombre de los humanos, sacrificó un imponente toro, trozando y repartiendo las partes en dos bultos. Uno de ellos contenía la carne, las vísceras y el tocino del animal, envueltos en el cuero, y en el otro colocó los huesos pelados, cuidadosamente envueltos en la grasa del mismo, procurando que éste último bulto fuese el de mayor tamaño.
Zeus, el padre de todos los dioses, omnisciente y consiente del engaño exclamó:

-Prometeo, hijo de Japeto. Augusto rey. ¡Que mal has repartido las partes!-
Llegado a este punto, Prometeo creyó más que nunca haberlo engañado, respondiéndole:
-¡Augusto Zeus. Mayor de los dioses eternos. Elige tú la parte que el corazón te indique!-
Zeus, enfurecido pero sin dejarlo traslucir, tomó el bulto de mayor tamaño a sabiendas de su contenido, y recién al separarlos fingió percatarse del engaño, exclamando con furia incontenible:
-¡Ya veo, hijo de Japeto, que no has olvidado el arte del engaño!- Decidiendo en ese instante vengarse de Prometeo y negar a los mortales el último bien que necesitaban para su completa civilización: el fuego.


Sin embargo también en esto supo desenvolverse el inteligente Prometeo. Tomó un largo tallo del fuerte hinojo gigante, y se acercó con él al carro solar encendiéndolo.

Con el tallo llameante descendió a la tierra y poco tiempo después flameaba la primera fogata, cuyas lenguas de fuego y pequeñas chispas, se alzaban nuevamente hacia el cielo del que provenían, anunciándole al creador la nueva insolencia de Prometeo.


Al tronador dios le dolió el alma al ver a lo lejos el luminoso brillo del fuego alzándose entre los hombres.

Inmediatamente, y para reemplazar el uso del fuego que ya no podía quitarles, pergeñó un nuevo mal para ellos: Hefesto, el dios del fuego, famoso por sus condiciones artísticas, debió crearle la imagen de una hermosa doncella, a semejanza de la mismísima Atenea, quien envidiosa de Prometeo se había vuelto en su contra.

Vistió a la imagen con un reluciente vestido blanco y cubrió su rostro con un velo que la doncella mantenía separado con las manos. Coronó su cabeza con flores frescas y le colocó una tiara de oro decorada con coloridas figuras de animales, también confeccionada con delicado arte por Hefesto.

Hermes, el mensajero celestial debió darle el habla a la hermosa figura, y Afrodita su atractivo.

De esta manera, Zeus había creado un horrible mal bajo la apariencia de hermosa una doncella, pues cada uno de los dioses inmortales la había provisto de un maléfico obsequio para los hombres.

Por nombre le puso Pandora, que significa "la dotada de todo", y una vez preparada la dejó descender a la tierra, donde dioses y mortales alternaban alegremente, e hizo que todos admiraran su extraordinaria belleza.


Inmediatamente, Pandora se encaminó a ver a Epimeteo, el más ingenuo de los hermanos de Prometeo, para entregarle el regalo de Zeus.

En vano Prometeo había advertido a su hermano que nunca recibiese regalo alguno del rey del Olimpo, y que lo devolviese de inmediato para evitar que cualquier mal cayese sobre los hombres.

Epimeteo recibió con alegría a la doncella y, tarde, cayó en cuenta del mal: la enviada llevaba como regalo de Zeus una gran caja de oro que, encandilado como estaba el olvidadizo Epimeteo, recibió con alegría. Apenas recibido el dorado obsequio, impaciente, levantó la tapa de la caja, y vió con horror que al instante y con la velocidad del rayo, comenzaron a salir de ella un sinnúmero de males hasta ese momento desconocidos para los hombres, quienes libres de toda aflicción y guiados por Prometeo, desconocían por completo el mal, los trabajos penosos, y las enfermedades tortuosas.


Sólo un bien había en el fondo de la caja: la esperanza. Pero aconsejada por Zeus, Pandora volvió a cerrarla rápidamente y para siempre, antes de que pueda escapar.

A partir de ese instante el mal invadió la tierra, el aire y el mar, en innumerables formas.

Las enfermedades comenzaron a deambular día y noche secreta y silenciosamente, pues Zeus no les había dado el don de la voz. Un cúmulo de fiebres comenzó a asediar a los hombres. Y la muerte, que antes tardaba en sobrevenir, aceleró su paso.

Luego de ello, Zeus apuntó su venganza directamente contra Prometeo, entregando al malhechor a Hefesto y sus sirvientes Krato (Fuerza) y Brio (Violencia), quienes debieron arrastrarlo a los páramos escitas y encadenarlo allí a perpetuidad a la pared rocosa del monte Cáucaso, en lo alto de un tremendo acantilado.

Hefesto cumplió a disgusto el encargo de su padre, porque en realidad, amaba al hijo de Cronos, que estaba emparentado con su bisabuelo, Urano. Expresando su pesar y ayudado por sus rudos sirvientes, ejecutó la horrible obra.

De ésta manera Prometeo fue condenado a permanecer eternamente encadenado al maldito peñasco, parado, sin dormir, sin poder doblar jamás las rodillas y debiendo soportar diariamente el acoso del águila anillada de la montaña, que por orden de Zeus, durante el día le arrancaba parte del hígado, dejando que se regenerase durante la noche.
-Muchas quejas y lamentos has de proferir,- le dijo Hefesto al dejarlo allí, -pero la voluntad de Zeus es inapelable. Y todos los que han tomado el poder recientemente son duros de corazón-

El escarmiento del prisionero debía durar eternamente, o por lo menos treinta mil años. Prometeo, sollozando y penando a gritos, dio testimonio de su gran pesar a los vientos, a las mareas, a las olas del mar, a la madre tierra y al círculo solar que todo lo ve, pero mantuvo altivo su espíritu.
-Aquel que ha aprendido a aceptar la inapelable fuerza del destino- se decía -debe saber cumplir con lo que éste le impone-


Cuando ya había estado muchos años colgando del peñasco, pasó por el lugar Hércules, quien iba camino al Jardín de las Hespérides, su  penúltimo trabajo, a robar las manzanas de oro. Al verlo colgado del Cáucaso, se apiadó de su mala estrella, decidiendo acudir en su ayuda.

Dejando en el suelo el garrote y la piel de león, tensó el arco y lanzó una certera y potente flecha que quitó del torturado Prometeo al horrible pajarraco que le comía el hígado, matándolo al instante.

Hecho esto, quitó las cadenas y llevó consigo al liberado. No obstante, y para cumplir el mandato de Zeus de dejar un reemplazante voluntario en su lugar, dejó encadenado al centauro Chirón, quien cansado de su inmortalidad tomó el lugar del héroe.

Finalmente para que no quede incumplida la pena impuesta a en cuanto al tiempo que debía permanecer encadenado a la roca, Prometeo debió llevar de allí en más un anillo de hierro que llevaba engarzada una piedra de aquella montaña.
De éste modo Zeus podía jactarse de tener a su enemigo encadenado a la montaña, tal como él mismo lo había ordenado.
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Traducido del original "Sagen des Klassischen Altertums" de Gustav Schwab (1792 - 1850). Edición en un tomo de 1960 de la "Deutsche Buch-Gemeinschaft".

Versión: borrador avanzado.






















viernes, 1 de agosto de 2014

Las eras humanas













Los primeros hombres creados por los dioses fueron los de la llamada generación áurea, y poblaron la tierra mientras Cronos (Saturno) dominaba el cielo: despreocupados, semejantes a los dioses mismos, y desconociendo por completo el trabajo y las obligaciones. Tampoco les eran conocidas las penurias de la edad, siempre fuertes y robustos, vivían felices ajenos a todo mal. Los dioses los amaban y les proveían grandes rebaños y riquezas en inmensas praderas. Cuando debían morir, simplemente caían en un sueño profundo y eterno. Durante su vida terrena poseían todos los bienes imaginables, pues la madre tierra les proveía gratuitamente y en exceso todo tipo de frutos y materiales. Así, en paz y provistos de todo, cumplían su rutina diaria. Al terminar su vida terrenal y en virtud de lo determinado por el destino, se transformaban en piadosos dioses protectores, cuya misión era la de deambular alrededor de la tierra envueltos en una espesa capa de niebla, distribuyendo bendiciones, impartiendo justicia y vengando todo pecado.

A esta primera generación, luego de la revolución celestial encabezada por Zeus, que destronó a la antigua dinastía divina, le sucedió la generación argéntea. Estos hombres eran muy distintos a los de la generación anterior, tanto en lo corporal como en lo sentimental. Durante cien años, los niños crecían como infantes bajo el cuidado materno sin abandonar la morada paterna, y cuando al fin alcanzaban la pubertad, les quedaba sólo un breve período para vivir. Esta segunda generación humana cayó en desgracia por las acciones irresponsables propias de su inmadurez, pues al no poder sobrellevar sus males, pecaban amargamente unos contra otros. Tampoco se dignaron a honrar a los dioses ofreciendo sacrificios, por lo cual Zeus, quien detestaba que le mezquinasen la debida reverencia, decidió hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Aun así estos hombres no estaban exentos de virtudes como para merecer algo de gloria luego de su existencia terrenal, por lo que se les permitió deambular por la tierra en forma de demonios mortales.

Zeus, padre de todos los dioses, creó entonces una tercera generación: la generación de bronce. Esta también difería de la anterior, crueles, violentos, siempre inclinados a los negocios de la guerra, pensando en infringir el peor  de los daños al prójimo, se negaban a comer de los frutos del agro alimentándose sólo de carne animal. Su terquedad era dura cual diamante, su configuración corpórea increíblemente robusta: de sus hombros nacían cuatro brazos a los que nadie jamás debía acercarse. Sus armas así como sus viviendas eran de cerámica porque en aquel tiempo aún no se conocía el hierro. Pasaban su vida agrediéndose mutuamente, pero, así y todo, siendo tan fuertes y terribles, no podían con la negra muerte, ascendiendo a su llegada de la claridad de la luz del sol que alumbra la tierra, a la escalofriante noche del universo exterior.

Cuando también hubo desaparecido ésta generación de hombres, hijo de Cronos, creó una cuarta generación destinada a vivir sobre la fructífera tierra. Esta generación era un poco más noble y justa que la anterior y se la conoce como la generación de los heroes celestiales, también llamados semidioses. Sin embargo luego de un tiempo también ellos fueron aniquilados por la discordia y la guerra; unos ante las siete puertas de Tebas, donde luchaban por el imperio del rey Edipo, y otros en los campos de Troya a donde habían llegado en gran número por barco, atraídos por la hermosa Helena.

Cuando ésta generación concluyó su existencia, entre penurias y combates, Zeus les asignó un trono en el umbral del espacio exterior, en el océano de las islas de los bienaventurados. Allí, luego de su muerte, llevaban una existencia feliz y sin preocupaciones, con un fértil suelo que les proporcionaba tres veces al año dulcísimas frutas para su solaz.

“¡Ay! suspiraba el poeta Hesiodo que cuenta esta leyenda, “¡que daría yo por no pertenecer a ésta quinta generación de hombres, la generación ferrea, que puebla la tierra actual!"  Sus integrantes son hombres completamente perdidos. "¡Hubiese nacido antes, o después! ...pues esta generación no descansa de sus penas ni durante el día ni en la noche. A cada instante los dioses envían a los hombres terribles preocupaciones, pero la mayor plaga para su existencia son ellos mismos: no existe el afecto de padre a hijo ni de hijo a padre, el invitado odia al anfitrión, el compañero al compañero, no existe el amor fraterno entre hermanos de antaño. A las mismísimas canas de los ancianos se les niega el respeto, debiendo estos soportar comentarios ignominiosos y malos tratos.

¡Hombres crueles! ¿Es que no pensáis en el juicio celestial, en el que seréis juzgados por la falta de agradecimiento y por no reconocer el cuidado a vosotros prodigado por vuestros ancianos y desgastados ancestros?

En todas partes se impone la fuerza, la violencia urbana los pone uno contra otro. No es premiado aquel que jura la verdad, es justo y bienhechor, sino al que obra mal, al despreciable malhechor.

La virtud, la moderación, ya no tienen valor, el malvado puede herir al más noble, puede emitir palabras falsas y engañosas y cometer perjurio. Por ésta razón, éstos hombres son infelices en grado sumo. Los persigue su espíritu dañino, su animosidad y se miran entre sí con gesto envidioso. Las diosas de la vergüenza y la santa timidez, que aún habían sido vistas sobre la faz de la tierra, han envuelto sus hermosos cuerpos en sus etéreas vestimentas blancas y han abandonado al hombre para siempre, volviendo a buscar refugio en la morada de los dioses eternos.


Bajo el cuerpo mortal del hombre sólo queda la triste miseria.

No puede esperarse salvación a este tramando mal.


Traducido del original "Sagen des Klassischen Altertums" de Gustav Schwab (1792 - 1850). Edición en un tomo de 1960 de la "Deutsche Buch-Gemeinschaft".